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DESTREZA ESPAÑOLA

El sistema de esgrima española llamado Destreza es un método global de lucha con espadas con un fuerte componente matemático, filosófico y geométrico, fruto de la educación renacentista de sus inventores.

El padre de la Destreza española fue don Jerónimo Sánchez de Carranza, si bien quien lo condensó, expandió y perfeccionó fue Luis Pacheco de Narváez.

Este sistema fue documentado por primera vez en 1582, al publicarse el tratado De la Filosofía de las Armas y de su Destreza y la Aggression y Defensa Cristiana, y, aunque su época de máximo esplendor se circunscribe al siglo XVII, hay manuales que llevan el estudio de este sistema hasta 1862.

El método de esgrima español se extendió hasta el imperio colonial español en el Nuevo Mundo. El mismo Carranza ejerció el puesto de gobernador de Honduras. Hay autores de tratados sobre Destreza, así como maestros documentados en México, Perú, Ecuador, y las Filipinas.

La Verdadera Destreza no se centra en las técnicas concretas, sino en intentar entender y explicar la esgrima como un corpus de conocimiento completo, ayudado de técnicas geométricas, y tratando el conjunto como ciencia de las armas. Su intención es ser un método de lucha universal aplicable a todas las armas, incluyendo espada, daga, espada y broquel, espada a dos manos, etc…

La acepción Ciencia no tiene aquí el sentido por el que hoy en día es más conocida, sino el sentido que se le atribuía en la época: el de un cuerpo de conocimientos ordenados y dotados de una coherencia interna, en este caso aquellos que se utilizan para explicar lo que ocurre en la frase de armas.

Tradicionalmente se ha considerado un sistema complejo y difícil de entender e interpretar, lo cual ha llevado a ideas preconcebidas y erróneas sobre su teoría y práctica.

EL ORIGEN DE LA INFLUENCIA ESPAÑOLA EN LAS ARTES MARCIALES FILIPINAS. Por Joaquín de Diego. Instructor de la FEEH.

Aprender de tu adversario para poder vencerle es una de las reglas básicas de las artes marciales. “El general es el conocimiento, la fidelidad, el valor y la disciplina” (Sun Tzu, “El arte de la Guerra”). Si tu enemigo te derrota por poseer un mejor armamento, procurarás adquirirlo. Si lo hace por una mejor técnica, habrás de estudiarla para emularla o superarla, o por el contrario evitar el combate.

Esto es lo que debieron pensar los chinos y japoneses que se enfrentaron a los españoles durante el siglo XVI en el archipiélago de Luzón, así como los nativos filipinos, quienes fueron incorporados en su totalidad a la Corona Española en apenas seis años.

La tristemente desconocida historia militar española es, sin duda, una de las más antiguas e interesantes de la humanidad. A lo largo de los siglos, las hazañas bélicas de los hispanos han compartido dos constantes que se han repetido de manera invariable a lo largo del tiempo: el escaso número de hombres y recursos, compensado con un valor singular en el combate; y una forma singular de enfrentarse a la muerte. Un carácter particular que, a lo largo de la Historia, ha contribuido incluso a la invención y desarrollo de armamento y a la creación de sistemas militares propios en técnicas y tácticas. De la infinidad de ejemplos a los que referirse, en el presente artículo nos aproximaremos brevemente a dos conflictos armados en concreto, que, pese a ser desconocidos para la mayoría, supusieron un hito en el desarrollo de las artes marciales filipinas. Los Combates contra Lim a Hong en Manila y Pangasinán (1574/75) y Los Combates de Cagayán (1582).

Desde que el explorador español Miguel López de Legazpi fundara la primera colonia española en la isla de Cebú en 1565, hasta la obtención total del dominio del archipiélago de Filipinas en 1571, los sucesivos combates entre indígenas y españoles se caracterizaron siempre por tres aspectos claves: los escasos medios de los conquistadores compensados con coraje, una estructura militar imparable (Los Tercios y la Infantería de Marina) y un sistema letal de lucha con diferentes armas (La Destreza Española, vulgar y verdadera) -hecho que se ha dado asimismo en la totalidad de las hazañas militares españolas fuera del ámbito europeo-.

Tras la conquista, los nuevos súbditos de la Corona Española de las Indias Orientales asumieron la superioridad militar española. Sin embargo, no fue hasta que estos derrotaran de manera abrumadora a chinos y japoneses, que los filipinos incorporaran y adaptaran la forma de combate español a sus sistemas tradicionales.

En ambos enfrentamientos, los españoles demostraron que su sistema de combate era superior al chino y japonés. Dos pueblos guerreros. Potencias militares con sistemas marciales propios, conocidos y temidos en Filipinas. Pero chinos y japoneses fueron derrotados de manera tan rotunda que no volvieron a intentar el asalto de las islas y su actividad armada de ataque no volvió a poner en riesgo el dominio español.

Las victorias españolas sobre tropas adiestradas y disciplinadas demostraron a los filipinos la superioridad de la esgrima española. Por ello, los nativos decidieron adaptar este sistema de lucha a sus propias armas, como ocurriera con el kalis. Fruto de este mestizaje y tras sucesivas generaciones, nació un arte marcial filipino netamente diferenciado de las restantes disciplinas orientales: la “Eskrima”. Una tradición anterior al siglo XIX que recogió y mantuvo vivo un sistema tradicional de combate singular y de duelo, y que, paradójicamente, se perdió en España: el arte de manejar la navaja, el palo, el bastón y el garrote; la esgrima de cuchillo, espada y sable; distintas modalidades de lucha. Un sistema adaptado a cada arma que tradicionalmente se denominó en España “Esgrima”.

Los Combates contra Lim a Hong en Manila y Pangasinán (1574/75)

La piratería china fue una gran sorpresa para los españoles asentados en Filipinas. Acostumbrados a los ataques esporádicos y poco organizados que se perpetraban en el Caribe, los españoles no esperaban a la gran flota desplegada por el pirata y señor de la guerra conocido como Limahon. Tras capturar un barco con oro y plata que desde Manila se dirigía a China, Limahon fue informado de que la ciudad contaba con unas pobres defensas y un escaso número de defensores. Al modo chino, partieron entonces a la conquista de Manila con una gran armada formada por 62 barcos y, según las fuentes, entre 1000 a 3000 hombres de armas.

En su rumbo a Manila, la flota fue avistada por un soldado español que se encontraba construyendo un nuevo asentamiento a las órdenes de Juan de Salcedo -que con 50 soldados estaba poblando la costa-. Este hecho fue posteriormente muy decisivo. El ataque nocturno comenzó con la destrucción de una galeota española y con la muerte de sus 22 tripulantes. Seguidamente, una avanzadilla de 400 hombres en formación de combate, desembarcó y atacó Manila al amparo de la noche siguiendo las indicaciones de un espía. El plan era tomar al asalto una ciudad en la que los hombres descansaban en su casa y no contaba con defensa alguna. Pero, para su sorpresa, Manila fue alertada merced al valor de la mujer del Maese de Campo Martín de Goiti. En este primer combate murieron una docena de castellanos. El incendio de la casa de Maese de Campo Martín, permitió que los restantes españoles, no más de 100, pudieran poner a salvo a las mujeres y niños. Mientras eso ocurría, 30 voluntarios, con el capitán Velázquez al frente, se apostaron y enfrentaron a los asaltantes para finalmente ponerlos en fuga. Tras la huída de los chinos, el desconcierto entre los castellanos era completo. No sabían quiénes les habían atacado, ni el motivo. Se apostaron para la defensa entorno a una empalizada que levantaron apresuradamente y allí se resguardaron junto a las mujeres y niños que regresaban de la floresta.

La población china que habitaba en Manila era diez veces superior a la española y los nativos filipinos tuvieron un comportamiento dispar. Tras el primer ataque, la mayoría de los chinos huyó. Pero un mercader chino informó a los españoles sobre sus atacantes y les previno ante el inminente desembarco que tendría lugar en los siguientes días. Por el contrario, la población nativa, viendo flaquear a los españoles, se alzaron contra ellos y hubo que contenerlos. De esta manera, 104 españoles, incluidos los refuerzos del capitán Juan de Salcedo, se enfrentaron a una tropa que, en perfecta formación de batalla, les superaba en una proporción de diez a uno. La defensa de los colonos fue tan férrea que, cuando las bajas de Limahon superaron los 200 hombres frente a tan solo las 2 españolas, el pirata decidió retirarse a la región de Panganisán -se proclamó inmediatamente rey a su llegada, para allí fortificarse, reparar sus barcos y reclutar nuevos soldados-.
La retirada de las tropas chinas fue tranquila. Los barcos españoles habían sido quemados por los nativos sublevados y la bahía de Manila estaba repleta de cerca de 10.000 filipinos, que tras el primer asalto de los piratas, estaban a la espera de la derrota de los europeos.

Tras estos acontecimientos, la presencia armada española en Manila era de tan solo 250 hombres. 150 de ellos procedían de un barco que tenía rumbo a Mindanao pero al atracar en Manila fue quemado. Con estas tropas, y sabedores de la urgencia de acabar con Limahon para pacificar a los nativos, Salcedo partió con 256 soldados y 2.500 indios, mientras en Manila quedaban un puñado de hombres para construir una empalizada. Marcharon a Panganisán y allí asediaron y derrotaron a las tropas de Limahon y a sus aliados filipinos, aunque él a la postre consiguió escapar. La noticia de la huída del pirata y la victoria española, frente a todo pronóstico, pacificó a los nativos filipinos. Los españoles habían demostrado su superioridad militar frente a tropas chinas entrenadas, superiores en número y mejor aprovisionadas.

El gobernador general escribió a Felipe II el 16 de junio de 1582:

“Los japoneses son la gente más belicosa que hay por aquí. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas de hierro para el cuerpo. Todo lo cual lo tienen por industria de portugueses, que se lo han mostrado para daño de sus ánimas.”

Carta de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa gobernador de Filipinas al Rey – 16 de junio de 1582 (Archivo General de Indias)

Desde 1580, los piratas japoneses asentados en la costa China intensificaron sus incursiones piratas en Luzón. La respuesta española fue inmediata y los asentamientos de los agresores en la costa filipina fueron reconquistados. Dos años más tarde, una flota de 19 barcos (1 junco y 18 champanes) y más de 1000 hombres de armas, en su mayoría Ronin (samuráis sin señor) comandados por Tay Fusa, organizó una expedición de castigo contra la Capitanía General de las Filipinas. Para interceptarlos, se armaron 7 barcos: una galera (la Capitana), un navío ligero (el San Yusepe) y cinco bajeles de apoyo. Su dotación de combate estaba formada por 40 soldados españoles de los tercios de infantería de marina (arcabuceros, rodeleros y piqueros). La marinería estaba compuesta de españoles y filipinos.

Los combates se desarrollaron en el mar y en tierra firme. Pese a la abrumadora diferencia numérica y de tamaño, el primer combate se libró en un abordaje de los españoles contra el junco. Tras rendirlo, un nuevo combate se desarrolló en el río Cagayán contra los 18 champanes. La disciplina, esgrima, armamento y táctica de combate españolas superaron con creces a los avezados samuráis japoneses en ambos encuentros.

Lejos de conformarse con estas victorias, los españoles, comandados por el capitán de la Armada Española Juan Pablo de Carrión, desembarcaron para enfrentarse a las tropas enemigas que permanecían en tierra. Los japoneses quisieron pactar una rendición con una indemnización por las pérdidas sufridas. Ante la negativa española, y al percatarse del reducido contingente español, decidieron atacar con todas sus fuerzas con 600 guerreros. Los 30 españoles, atrincherados, repelieron un asalto tras otro y, cuando se quedaron sin pólvora, cargaron en formación contra los Ronin matando a la mayoría y provocando la huída de los pocos supervivientes. Las armas y armaduras de los temidos samuráis fueron tomadas como trofeos. La región fue pacificada y la fama de esta victoria española demostró a filipinos y japoneses que la esgrima española era superior al bushido.

¿Cuál fue entonces la causa que hiciera de los españoles de aquel entonces un ejército imparable contra todo tipo y número de enemigos? Recordemos las cuatro cualidades que ha de poseer un buen general y la tropa a la que comanda, sea escasa o numerosa, que se han mencionado al principio de artículo. El Imperio español se forjó sobre las bases de esos cuatro principios en las personas de sus militares, y se perdió en el momento que sus gobernantes los abandonaron.

1.- El Conocimiento
Los conquistadores españoles, sabedores de su constante inferioridad numérica, aplicaron siempre el ingenio y el conocimiento como armas de guerra. Ejemplo de ellos son las exploraciones y el cartografiado sistemático de todas las tierras descubiertas, la búsqueda de alianzas con los nativos, la diplomacia y los castigos ejemplares a los traidores. Por otra parte, la evolución en España de las artes marciales mejoró progresivamente hasta alcanzar el nivel de ciencia. La innovación tecnológica de las armas permitió a los españoles crear un sistema de combate para la milicia que no tuvo rival durante casi dos siglos.

Los Temidos Tercios españoles, aplicaron la ciencia al combate en formaciones militares igualmente útiles en orden abierto y cerrado en cualquier campo de batalla.

Pero sin duda, la ciencia se aplicó con mayor intensidad al manejo individual con todo tipo de armas. Los primeros tratados de esgrima española conservados son: “La verdadera esgrima y el arte de esgrimir “(1472), de Jaime Pons de Perpiñán; “El manejo de las armas de combate” (1473), de Pedro de la Torre; “Tratado de la esgrima con figuras”(1532), de Francisco Román. Aunque son los primeros de los que conservamos constancia escrita, es del todo probable que la esgrima llevaba practicándose de manera reglada en España desde mucho antes, como ocurriera en el resto de Europa.
Por último, las matemáticas, la geometría o la filosofía sentaron las bases de “la Verdadera Destreza” para las armas de caballeros. La espada y daga. Disciplina que se generalizó a lo largo del siglo XVII y su difusión fue tal que permitió la aparición de la llamada “Destreza Indiana”. Una variante del sistema Peninsular desarrollado en los provincias de ultramar del Imperio Español y por tanto desarrollado en las Islas Filipinas.

Pese a que se conservan manuales de Destreza hasta 1862, a la largo del siglo XIX, el sistema tradicional se adaptó y simplificó para el sable, que desplazó a la espada como arma militar.
Las Salas de Armas se extendieron por las Provincias de Ultramar desde el siglo XVII y en Filipinas se generalizaron en las principales poblaciones. Los Maestros de esgrima impartían sus lecciones en dichas salas y en los domicilios particulares de los ciudadanos pudientes. A las Salas de Armas podían asistir todos los ciudadanos que el maestro admitiera, independientemente de su extracción social, y el título de maestro conocido como “Doctorado de la Espada” sólo se alcanzaba tras superar un riguroso examen. Un permiso oficial que refrendaba la Corona y permitía dirigir una “Escuela Pública de Esgrima y Ejercicio de las Armas” en cualquier parte del Imperio.

La fama de determinados maestros de armas era tal, que sus servicios eran requeridos en todas partes. Así, uno de los principales maestros de esgrima en el México del principios del siglo XIX fue el filipino Un Salan Zapata, cuya Sala de Armas era una de las más prestigiosas de México.

2.- La Fidelidad
No hay nada que una más a un colectivo que un enemigo y una causa común. Más aún si dicha causa es considerada moralmente elevada y amparada por Dios en una época en la que lo religioso trascendía a todos los aspectos de la vida. Tras varios siglos de reconquista, los hispanos se consideraban a si mismos como la espada de la Iglesia. Una vez liberada Granada, y tras el descubrimiento del Nuevo Mundo, los Reyes Católicos y la posterior Dinastía de los Austrias, tomaron para sí y sus súbditos una doble tarea: la defensa de la Fe Católica frente al expansión del Imperio Otomano y la expansión de la Palabra de Dios en todas las Indias. De esta manera, el convencimiento de aquellas gentes en que sus reyes lo eran por designio divino, y que, por tanto, Dios estaba con ellos, les confería un valor inaudito aún en las peores circunstancias. Para aquellas gentes, obedecer a su Rey era obedecer a Dios mismo. Una Fe que transmitieron a todos los territorios de ultramar incluida Filipinas.

“A morir hemos venido, o a vencer, si el Cielo lo dispone. No deis ocasión a que con arrogancia impía os pregunte el enemigo: ¿y dónde está vuestro Dios? Pelead en su Santo Nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad”.

Don Juan de Austria, Batalla de Lepanto (1571)
En el Imperio español, una vez conquistado y pacificado un territorio de ultramar, dicho lugar y sus habitantes pasaban a ser súbditos de pleno derecho de la Corona. Este hecho hacía que los nuevos españoles pudieran ser instruidos en el uso de las armas. El principio de fidelidad regía igualmente en las Salas de Armas. Los maestros tenían la libertad de elegir a sus alumnos y existía un código reglado de conducta que vinculaba a ambos. Esta estrecha relación personal permitió desarrollar peculiaridades en cada sala, y estas derivaron en estilos propios transmitidos de una generación a otra.

3.- El Valor
Durante siglos, la Península Ibérica fue una sociedad eminentemente guerrera y belicosa cuyo valor ha sido siempre reconocido por sus enemigos.

“España sola pare los hombres armados “.
Rey Francisco I de Francia (1494-1547)

En la narración de los combates de Manila, Pangayán y Cagayán he insistido en resaltar el número de contendientes y la aplastante diferencia numérica de cada bando. En todos ellos, unos pocos vencieron a muchos. No se me ocurre una manera mejor de demostrar la eficacia de un sistema de combate en todo tipo de campo de batalla y el valor de aquellos que combatieron, que contar brevemente estos hechos de armas y animar al lector a leer sobre los mismos, pues cada uno de ellos es apasionante. Los españoles no se enfrentaron en ellos a guerreros tribales filipinos. Valientes y diestros en el uso de las armas blancas, pero sin organización ni disciplina militar. En estos combates se contrapusieron los sistemas de lucha chino y japonés contra el europeo a través de hombres de armas profesionales.

4.- La Disciplina
Ante la pregunta del embajador de Florencia, Francesco Guiccinardini a Fernando el Católico sobre las causas por las que un Pueblo tan belicoso como el hispano haya sido sucesivamente conquistado, el Rey replicó lo siguiente:

“La nación es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte que sólo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden“.
Pues bien, conocedores del carácter hispano, levantisco y pendenciero, fue durante el reinado de los Reyes Católicos cuando se creó el modelo de ejército que permaneció imbatible durante un siglo y medio. Un ejército profesional con una férrea disciplina y cuyo puntal fue la infantería. Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como “El Gran Capitán”, modificó y unificó la estructura militar de la Corona Española. Con ello permitió que fuera funcional y eficaz independientemente del número de efectivos disponibles y el campo de batalla, y donde la unidad mínima de combate era el infante. Su adiestramiento y “destreza con las armas” le permitía batirse en orden cerrado, abierto y en combate singular. Sobre esta base, durante el reinado de Carlos I, se constituyeron los famosos Tercios Españoles (1534-1704) y la Infantería de Marina (1537) que conquistaron las Islas Filipinas.

En conclusión, la Eskrima no tuvo su origen en el siglo XIX, pero es en este período cuando se fijan los distintos estilos, que además coinciden con la generalización del sable y cuchillo como armas militares. El nacimiento de las artes marciales filipinas se remonta mucho tiempo atrás, y como el resto de artes marciales evolucionó a lo largo de generaciones. La demostración práctica en combate de los sistemas de lucha españoles, desde la Destreza hasta las modalidades de lucha de las clases populares con palos y cuchillos, hizo que los aprendieran y adaptaran a sus propias armas y estilo de lucha. La Eskrima es el resultado de este mestizaje. Gracias a los filipinos se ha manteniendo viva una tradición marcial que lamentablemente perdimos en España.
Joaquín de Diego. Mayo 2016

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Timoteo Fredianelli

Fundador y Director de QiWorks
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  • Full Instructor de Jun Fan Jeet Kune Do Martial Arts: Jun Fan Wing Chung Modificado, Jun Fan Kickboxing, Jeet Kune Do.
  • Representante Oficial de Kapisanang Mandirigma Lameco SOG y Kali Ilustrisimo Spain.
  • Instructor de Armas Blancas.
  • Segundo Dan de Kickboxing.
  • Segundo Nivel de Thai Boxing Muay Thai por la Thai Boxing Association of the U.S.A.
  • Expert 2nd CLASS LEVEL 8 KNIFE/COUNTER KNIFE COMBATIVES by W. Hock Hochheim. CQC.

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